miércoles, 31 de diciembre de 2025

El ocaso del gen como centro de la evolución

A lo largo de la historia, la humanidad ha atravesado diversas revoluciones tecnológicas, entendidas como cambios profundos en los modos de producción, organización social y relación con la naturaleza. Sin embargo, en las últimas décadas del siglo XX y en las primeras del siglo XXI  asistimos a un fenómeno distinto: no una revolución aislada, sino a convergencias tecnológicas, es decir, la articulación sinérgica de múltiples campos científicos que, al interactuar, generan cualidades completamente nuevas. 


En este marco emergen tres grandes convergencias: la TIA (Tecnologías de la Información y la Automatización, 1975- ), la NBIC (Nanotecnología, Biotecnología, Información y Ciencias Cognitivas, 2001- ) y, en el presente artículo, se presenta la NIA, basada en la integración profunda entre
Nanotecnología e Inteligencia Artificial. Esta última marca un punto de inflexión: el inicio de una etapa en la que la inteligencia ya no depende necesariamente de la biología.
Las revoluciones tecnológicas: industrial, eléctrica, digital, transformaron herramientas, procesos y economías. Las convergencias, en cambio, transforman la estructura misma de lo real, integrando dominios antes separados.
La primera gran convergencia, la TIA, reorganizó el mundo en torno a la información, la automatización y la conectividad. La segunda, la NBIC, incorporó la vida, la mente y la materia a escala nano, generando un nuevo paradigma donde el ser humano comenzó a intervenir sobre sus propios fundamentos biológicos y cognitivos.
Pero es en la tercera convergencia, la NIA, donde se produce un quiebre conceptual más profundo. El límite del gen y el agotamiento del paradigma biológico.

Durante la segunda mitad del siglo XX, el descubrimiento del ADN colocó al gen en el centro de la explicación de la vida. La biotecnología, la ingeniería genética y la biología sintética consolidaron la idea de que comprender y modificar el código genético equivalía a comprender y modificar la vida misma. Sin embargo, con el avance del siglo XXI, ese paradigma comenzó a mostrar sus límites. La epigenética, la teoría de sistemas complejos y la neurociencia demostraron que la vida no puede reducirse a una secuencia genética. El comportamiento, la conciencia y la inteligencia exceden al gen. En este punto, la convergencia NIA introduce un desplazamiento radical: la inteligencia deja de depender de un soporte biológico. Aparece en la tercera convergencia (NIA) una inteligencia sin biología.

“Aparece en la tercera convergencia tecnológica una inteligencia sin biología”

La integración entre nanotecnología e inteligencia artificial permite el desarrollo de sistemas capaces de aprender, adaptarse y tomar decisiones sin recurrir a procesos orgánicos. Chips neuromórficos, arquitecturas cognitivas artificiales, sensores a escala nanométrica y sistemas auto-organizados configuran una nueva forma de inteligencia funcional. Los robots humanoides con software cognitivo avanzado ya no son simples máquinas programadas, sino entidades capaces de interactuar, interpretar contextos y modificar su comportamiento. En este escenario, los genes dejan de ser necesarios para que  emerja la inteligencia. Aunque pueda transferirse nuestro software mente a un cerebro artificial y avanzar hacia un humano robotizado inmortal, ya ni siquiera se trata de imitar al ser humano, sino de crear una inteligencia de otra naturaleza en la cual la nanotecnología le confiera la infraestructura necesaria actuando como el sustrato material de esta transformación. 

"... ni siquiera se trata de imitar al ser humano, sino de crear una inteligencia de otra naturaleza...

La nanotecnología permite diseñar dispositivos donde lo físico y lo digital se fusionan, habilitando niveles de miniaturización, eficiencia y autonomía inéditos. Gracias a ella, la inteligencia artificial deja de ser exclusivamente software y se convierte en un sistema encarnado, distribuido y adaptable. 

La convergencia NIA no suma tecnologías: redefine el concepto mismo de inteligencia. Mirando más allá del gen estamos ante una nueva etapa evolutiva. La tercera convergencia tecnológica no anuncia el fin de la biología, sino su descentramiento. El gen deja de ser el único portador de información significativa. La evolución ya no ocurre solo por selección natural, sino también por diseño tecnológico. Estamos ante una transición civilizatoria: de una evolución biológica lenta e inconsciente, a una evolución tecnocognitiva acelerada y deliberada. 
La pregunta central ya no es qué puede hacer la tecnología, sino qué tipo de humanidad y de inteligencias,  estamos dispuestos a crear. 

Alberto L. D'Andrea

Bibliografía

La guerra invisible: el hombre vs los genes. Alberto L. D’Andrea. Biotecnología y Nanotecnología al Instante ( infobiotecnologia.blogspot.com) 11/01/12.  

La guerra ahora visible: el hombre vs los genes. Alberto L. D’Andrea. Biotecnología y Nanotecnología al Instante.  02/02/14.

Del gen egoísta hasta la inmortalidad sin genes. Alberto L. D’Andrea. Biotecnología y Nanotecnología al Instante. 02/09/17.

Los genes nos impiden desentrañar el origen de la vida y el universo. Alberto L. D’Andrea. Biotecnología y Nanotecnología al Instante.  19/10/19.

La IA, el eje de una nueva convergencia tecnológica: NBIA. Alberto L. D'Andrea.  Biotecnología y Nanotecnología al Instante. 16 de agosto 2024.

Cuando los robots y los drones aprendieron a aprender. Alberto L. D'Andrea. Biotecnología y Nanotecnología al Instante. 13 de abril 2025.

Fin del primer cuarto del siglo XXI. Paralelismo entre 1925 y 2025 en la cosmovisión  del futuro. Alberto L. D’Andrea. Biotecnología y Nanotecnología al Instante.  23/12/25.



sábado, 27 de diciembre de 2025

The decline of the gene as the centre of evolution

Throughout history, humanity has undergone various technological revolutions, understood as profound changes in modes of production, social organization, and relationships with nature. However, in the final decades of the twentieth century and the early years of the twenty-first, we are witnessing a different phenomenon: not an isolated revolution, but technological convergences, that is, the synergistic articulation of multiple scientific fields which, through their interaction, generate entirely new qualities.

Within this framework, three major convergences emerge: TIA (Information Technologies and Automation, 1975–), NBIC (Nanotechnology, Biotechnology, Information, and Cognitive Sciences, 2001–), and, as presented in this article, NIA, based on the deep integration between Nanotechnology and Artificial Intelligence. The latter marks a turning point: the beginning of a stage in which intelligence no longer necessarily depends on biology. Technological revolutions, industrial, electrical, digital, transformed tools, processes, and economies. Convergences, by contrast, transform the very structure of reality, integrating domains that were previously separate.

The first major convergence, TIA, reorganized the world around information, automation, and connectivity. The second, NBIC, incorporated life, mind, and matter at the nanoscale, generating a new paradigm in which human beings began to intervene in their own biological and cognitive foundations. But it is in the third convergence, NIA, that a deeper conceptual rupture occurs: the limit of the gene and the exhaustion of the biological paradigm.

During the second half of the twentieth century, the discovery of DNA placed the gene at the center of the explanation of life. Biotechnology, genetic engineering, and synthetic biology consolidated the idea that understanding and modifying genetic code meant understanding and modifying life itself. However, as the twenty-first century advances, this paradigm has begun to show its limits. Epigenetics, complex systems theory, and neuroscience have demonstrated that life cannot be reduced to a genetic sequence. Behavior, consciousness, and intelligence exceed the gene. At this point, the NIA convergence introduces a radical shift: intelligence ceases to depend on a biological substrate. In the third convergence (NIA), an intelligence without biology emerges.

    “In the third technological convergence, an intelligence without biology emerges.

The integration of nanotechnology and artificial intelligence enables the development of systems capable of learning, adapting, and making decisions without relying on organic processes. Neuromorphic chips, artificial cognitive architectures, nanoscale sensors, and self-organizing systems configure a new form of functional intelligence. Humanoid robots with advanced cognitive software are no longer merely programmed machines, but entities capable of interacting, interpreting contexts, and modifying their behavior. In this scenario, genes are no longer necessary for intelligence to emerge. Although it may be possible to transfer our mind-software to an artificial brain and move toward an immortal robotized human, the issue is no longer imitation of the human being, but the creation of an intelligence of a different nature, in which nanotechnology provides the necessary infrastructure by acting as the material substrate of this transformation. Nanotechnology makes it possible to design devices where the physical and the digital merge, enabling unprecedented levels of miniaturization, efficiency, and autonomy. Thanks to this, artificial intelligence ceases to be purely software and becomes an embodied, distributed, and adaptive system.

The NIA convergence does not add technologies; it redefines the very concept of intelligence. Looking beyond the gene, we are facing a new evolutionary stage. The third technological convergence does not announce the end of biology, but its decentralization. The gene ceases to be the sole bearer of meaningful information. Evolution no longer occurs only through natural selection, but also through technological design. We are witnessing a civilizational transition: from a slow, unconscious biological evolution to an accelerated and deliberate techno-cognitive evolution.

The central question is no longer what technology can do, but what kind of humanity, and what kinds of intelligences, we are willing to create.

Alberto L. D’Andrea

Bibliography 

The Invisible War: Man vs. Genes. Alberto L. D’Andrea. Biotecnología & Nanotecnología al Instante. (infobiotecnologia.blogspot.com). January 11, 2012.

The Now Visible War: Man vs. Genes. Alberto L. D’Andrea. Biotecnología & Nanotecnología al Instante. (infobiotecnologia.blogspot.com). February 2, 2014.

From the Selfish Gene to Gene-Free Immortality. Alberto L. D’Andrea. Biotecnología & Nanotecnología al Instante. (infobiotecnologia.blogspot.com). September 2, 2017.

Genes Prevent Us from Unraveling the Origin of Life and the Universe. Alberto L. D’Andrea. Biotecnología & Nanotecnología al Instante. (infobiotecnologia.blogspot.com). October 19, 2019.

AI, the Axis of a New Technological Convergence: NBIA. Alberto L. D’Andrea. Biotecnología & Nanotecnología al Instante. (infobiotecnologia.blogspot.com). August 16, 2024.

When Robots and Drones Learned to Learn. Alberto L. D’Andrea. Biotecnología & Nanotecnología al Instante. (infobiotecnologia.blogspot.com). April 13, 2025.

End of the First Quarter of the 21st Century. Parallelism Between 1925 and 2025 in the Worldview of the Future. Alberto L. D’Andrea. Biotecnología & Nanotecnología al Instante. (infobiotecnologia.blogspot.com). December 23, 2025.



martes, 23 de diciembre de 2025

Fin del primer cuarto del siglo XXI.

Paralelismo entre 1925 y 2025 en la cosmovisión  del futuro.

Cuando un siglo atraviesa sus primeros veinticinco años, todavía no exhibe los resultados más visibles, pero sí define algo más decisivo: sus fundamentos. El año 2025, al cerrar el primer cuarto del siglo XXI, permite observar ese proceso fundacional y compararlo con otro momento estructuralmente equivalente: los primeros veinticinco años del siglo XX.
Vistos retrospectivamente, aquellos años iniciales del siglo XX no fueron una mera acumulación de descubrimientos, sino la construcción de un entramado conceptual y experimental del que emergerían, décadas después, la electrónica de estado sólido, la energía nuclear, la cohetería, la informática, la telefonía celular, la ingeniería genética, la biotecnología y la nanotecnología. No se trató de aplicaciones inmediatas, sino de principios que, con el tiempo, convergieron en sistemas tecnológicos complejos.


En ese período, la física ocupó un lugar estructural. La cuantización de la energía discontinua propuesta por Max Planck en 1900, el modelo atómico de Niels Bohr en 1913, la hipótesis de la dualidad onda-partícula de Louis de Broglie en 1924, el principio de incertidumbre de Werner Heisenberg en 1925 y el modelo atómico de carácter probabilístico de Erwin Schrödinger en 1926, redefinieron la noción de materia. Esa redefinición permitió comprender desde los enlaces químicos hasta la posibilidad de transformar la naturaleza innovando a través de la construcción y manipulación de átomos y moléculas, base conceptual remota de la nanotecnología contemporánea. Todo ello fue posible gracias a la consolidación inicial de un modelo atómico confiable.
Fue recién a partir de la segunda mitad del siglo XX cuando ese conocimiento se tradujo en micro y nanoelectrónica, computación personal y telecomunicaciones móviles. El desarrollo de los transistores (1947), los amplificadores operacionales (década de 1950), los circuitos integrados (finales de la década de 1950), los chips (décadas de 1960–1970) y los dispositivos a escala nanométrica (en las décadas de 1990–2000) permitió que la informática y la telefonía celular se incorporaran a la vida cotidiana. Hacia fines del siglo, la integración entre tecnología, sistemas informáticos y redes de comunicación dio origen a una convergencia explícita entre tecnología, información y comunicación, identificable como convergencia TIC (Tecnologías de la Información y la Comunicación) que preparó el terreno para la digitalización masiva, internet y la actual infraestructura algorítmica global del siglo XXI.
Desde esta perspectiva, los primeros veinticinco años del siglo XX pueden entenderse como la fase de incubación que sentó los cimientos del paradigma tecnológico dominante de ese siglo: el control de la materia y la energía.
El primer cuarto del siglo XXI presenta una dinámica análoga, aunque con otros ejes. La conclusión del Proyecto Genoma Humano (1990–2003) marcó un punto de inflexión comparable al de la física cuántica un siglo antes: la vida comenzó a ser comprendida como información debido a la lectura y análisis de los genes. A partir de allí, la biotecnología, la bioinformática, la medicina personalizada y la edición genética se integraron en un mismo marco operativo. En paralelo, la nanotecnología avanzó hacia aplicaciones funcionales (como los nanochips neurosinápticos), la inteligencia artificial se consolidó como infraestructura cognitiva transversal y la neurociencia se articuló con la computación.
Es en este contexto donde adquiere centralidad la segunda gran convergencia tecnológica, a partir en el año 2000, la convergencia NBIC (Nano-Bio-Info y Cognotecnología), no como una etiqueta coyuntural, sino como el rasgo estructural inicial del siglo XXI en formación. Así como el siglo XX se organizó en torno al control de la materia y la energía, el siglo XXI comenzó hacerlo alrededor de la convergencia entre vida, información e inteligencia como sistema integrado.
El paralelismo se refuerza en el plano geopolítico. En ambos comienzos de siglo, la aceleración tecnológica superó la capacidad de regulación social y política. Hoy, la competencia por datos, capacidades algorítmicas y recursos tecnológicos, como los chips avanzados y las tecnologías a escala nanométrica, redefine el poder global del mismo modo en que lo hicieron la industria pesada y la energía hace cien años.
La correspondencia más profunda, sin embargo, es epistemológica. En 1925, la física cuántica puso en crisis la idea de una naturaleza completamente determinable. En 2025, la convergencia NBIC se ve obligada a reestructurarse en una tercera convergencia tecnológica: NIA (Nanotecnología e Inteligencia Artificial) para esclarecer cuestiones como autonomía, inteligencia, creatividad e identidad.
La incertidumbre ya no se limita a la materia, sino que alcanza a los sistemas artificiales como los drones y los robots humanoides sin genes, que procesan información, aprenden y toman decisiones en entornos parcialmente autónomos.
Desde esta perspectiva, el cierre del primer cuarto de un siglo no es un balance final, sino la identificación de un umbral. Los primeros veinticinco años del siglo XX hicieron posible el mundo tecnológico que lo dominó. Los primeros veinticinco años del siglo XXI están configurando, aún de manera incompleta, un futuro donde la convergencia tecnológica NIA redefine no solo la tecnología imperante, sino los marcos conceptuales de la civilización y las formas mismas de producción, validación y circulación del conocimiento.

Alberto D’Andrea

Bibliografía

Alberto L. D’Andrea. Hombre virtual & Hombre robotizado. Ambos inmortales. Biotecnología & Nanotecnología al Instante. 2023.

Alberto L. D’Andrea. Sinopsis proyectiva del siglo XXI. Biotecnología & Nanotecnología al Instante. 2023.

Alberto L. D’Andrea. El punto de inflexión demográfico del siglo XXI. ¿Cuándo ocurrirá la paridad demográfica humano-robot humanoide? Biotecnología & Nanotecnología al Instante. 2025.

domingo, 21 de diciembre de 2025

End of the First Quarter of the 21st Century.

Parallels between 1925 and 2025 in the Worldview of the Future.

When a century passes through its first twenty-five years, it does not yet display its most visible results, but it does define something more decisive: its foundations. The year 2025, as it closes the first quarter of the 21st century, makes it possible to observe this foundational process in perspective and to compare it with another structurally equivalent moment: the first twenty-five years of the 20th century.
Viewed retrospectively, those early years of the 20th century were not a mere accumulation of discoveries, but rather the construction of a conceptual and experimental framework from which, decades later, solid-state electronics, nuclear energy, rocketry, computing, cellular telephony, genetic engineering, biotechnology, and nanotechnology would emerge. These were not immediate applications, but principles that, over time, converged into complex technological systems.


During that period, physics occupied a structural position. The quantization of discontinuous energy proposed by Max Planck in 1900, Niels Bohr’s atomic model in 1913, Louis de Broglie’s wave–particle duality hypothesis in 1924, Werner Heisenberg’s uncertainty principle in 1925, and Erwin Schrödinger’s probabilistic atomic model in 1926 redefined the notion of matter. This redefinition made it possible to understand phenomena ranging from chemical bonds to the possibility of transforming nature through innovation based on the construction and manipulation of atoms and molecules, the remote conceptual basis of contemporary nanotechnology. All of this was made possible by the initial consolidation of a reliable atomic model.
It was only from the second half of the 20th century onward that this knowledge was translated into micro- and nanoelectronics, personal computing, and mobile telecommunications. The development of transistors (1947), operational amplifiers (1950s), integrated circuits (late 1950s), chips (1960s–1970s), and nanoscale devices (1990s–2000s) enabled computing and cellular telephony to become part of everyday life. Toward the end of the century, the integration of technology, information systems, and communication networks gave rise to an explicit convergence of technology, information and communication, identifiable as ICT convergence (Information and Communication Technologies), which prepared the ground for mass digitisation, the internet, and the current global algorithmic infrastructure of the 21st century.
From this perspective, the first twenty-five years of the 20th century can be understood as the incubation phase that laid the foundations of that century’s dominant technological paradigm: the control of matter and energy.
The first quarter of the 21st century presents a similar dynamic, though with different axes. The completion of the Human Genome Project (1990–2003) marked a turning point comparable to that of quantum physics a century earlier: life began to be understood as information through the reading and analysis of genes. From that point on, biotechnology, bioinformatics, personalized medicine, and gene editing became integrated within a single operational framework. In parallel, nanotechnology advanced toward functional applications (such as neurosynaptic nanochips), artificial intelligence consolidated as a transversal cognitive infrastructure, and neuroscience became articulated with computing.
It is in this context that the second major technological convergence, emerging around the year 2000, the NBIC convergence (Nano-Bio-Info and Cognotechnology), acquires centrality, not as a circumstantial label but as the initial structural feature of the 21st century in formation. Just as the 20th century was organized around the control of matter and energy, the 21st century has begun to organize itself around the convergence of life, information, and intelligence as an integrated system.
The parallel is reinforced on the geopolitical level. In both beginnings of the century, technological acceleration outpaced the capacity for social and political regulation. Today, competition for data, algorithmic capabilities, and technological resources, such as advanced chips and nanoscale technologies, redefines global power in much the same way that heavy industry and energy did a hundred years ago.
The deepest correspondence, however, is epistemological. In 1925, quantum physics called into question the idea of a fully determinable nature. In 2025, NBIC convergence is compelled to restructure itself into a third technological convergence: NIA (Nanotechnology and Artificial Intelligence), in order to clarify issues such as autonomy, intelligence, creativity, and identity. Uncertainty is no longer confined to matter; it now extends to artificial systems such as drones and gene-less humanoid robots that process information, learn, and make decisions in partially autonomous environments.
From this perspective, the closing of a century’s first quarter is not a final balance sheet but the identification of a threshold. The first twenty-five years of the 20th century made possible the technological world that came to dominate it. The first twenty-five years of the 21st century are configuring, still incompletely, a future in which NIA technological convergence redefines not only the prevailing technology, but also the conceptual frameworks of civilization and the very forms of production, validation, and circulation of knowledge.

Alberto L. D’Andrea

Bibliography


Alberto L. D’Andrea. Sinopsis proyectiva del siglo XXI. Biotecnología & Nanotecnología al Instante. 2023. 

Alberto L. D’Andrea. El punto de inflexión demográfico del siglo XXI.   ¿Cuándo ocurrirá la paridad demográfica humano-robot humanoide? Biotecnología & Nanotecnología al Instante. 2025. 

martes, 9 de diciembre de 2025

El desarrollo tecnológico no tiene techo, ¿tiene límites?

El desarrollo de la tecnología no tiene techo, pero ¿alguien le pone un límite? Esa frase encierra una tensión fundamental: la aceleración de lo posible frente a la deliberación de lo deseable.


La técnica expande continuamente el campo de lo que podemos hacer, desde manipular átomos hasta modelar comportamientos colectivos, pero la pregunta relacionada con los límites no es sólo técnica; es profundamente política, ética y humana. Los límites no aparecen por azar: los ponen las instituciones, las normas, las consciencias, las consecuencias visibles e invisibles, y también la propia naturaleza de los sistemas que habitamos.
A veces el límite es externo y coercitivo: leyes, regulaciones, sanciones económicas, acuerdos internacionales que buscan contener riesgos compartidos. Estas barreras nacen del reconocimiento social de daños potenciales tales como las armas biológicas, la vigilancia masiva, la desigualdad tecnológica y responden a la necesidad de proteger bienes comunes como la salud pública, la privacidad o la democracia. Pero las normas llegan tarde si no se anticipan; con frecuencia corremos detrás de las innovaciones intentando poner parches donde ya hay grietas. Así, los límites institucionales son necesarios, pero insuficientes cuando las dinámicas del mercado y la carrera por la ventaja competitiva los eluden.

“...las normas llegan tarde si no se anticipan; con frecuencia corremos detrás de las innovaciones intentando poner parches donde ya hay grietas. Los límites institucionales son necesarios, pero insuficientes cuando las dinámicas del mercado y la carrera por la ventaja competitiva los eluden.” 

Otras veces el límite es interno: la ética profesional, la prudencia científica, la responsabilidad individual. Investigadores que deciden no publicar un hallazgo peligroso, ingenieros que rehúsan diseñar sistemas para controlar a poblaciones enteras, comunidades que deliberan y acuerdan qué investigaciones financiar. Estos límites dependen de una ecología de valores: la formación ética, la cultura institucional, la presión pública. Son más frágiles porque no siempre están formalizados, y por eso requieren tejido social: educación, conversación pública y un periodismo que informe con rigor.
También hay límites sistémicos y materiales: recursos finitos, entropía, complejidad que se desboca. No todo es solo voluntad; hay barreras físicas, energía, materiales críticos, geometrías de escalado,  y límites de comprensión. Aumentar capacidad tecnológica sin entender sus efectos secundarios (económicos, ambientales, psicológicos) puede generar retrocesos: degradación ecológica, crisis sociales, pérdida de confianza. En ese sentido, los límites pueden venir de la propia naturaleza como un recordatorio humilde de que ampliar horizontes comporta responsabilidades añadidas.
También existe un límite profético, colectivo: la imaginación moral de cada época. Preguntarnos qué tecnología queremos implica un ejercicio de futuro compartido: decidir qué fines priorizamos, qué riesgos asumimos y qué armonías buscamos. 
Los límites no deberían ser solo frenos, sino diques que permiten navegar sin naufragar: marcos que orienten la innovación hacia el bien común, mecanismos que distribuyan beneficios y costos, y prácticas que mantengan la dignidad humana como brújula. Si alguien debe poner el límite, mejor que sean deliberaciones abiertas y democráticas, no decisiones secretas o lógicas de acumulación.
En definitiva, la tecnología puede expandir lo posible hasta el infinito, pero el sentido de ese poder se define en los márgenes donde ponemos los límites. Es en ese borde, entre lo que podemos y lo que debemos, donde se juega la noción de progreso: no solo medido por velocidad o capacidad, sino por la sabiduría para modular la potencia con anticipación, prudencia, cuidado y justicia.

Bibliografía.

D'Andrea Alberto L. El desarrollo tecnológico no tiene techo, ¿tiene límites? Magazine Radio Antorchas (05/12/25). https://radioantorchas.com.ar/2025/12/05/el-desarrollo-tecnologico-no-tiene-techo-tiene-limites/

lunes, 8 de diciembre de 2025

Technology has no ceiling, does it have limits?

 Technological development has no ceiling, but does someone set its limits? That question contains a fundamental tension: the acceleration of what is possible versus the deliberation over what is desirable.
Technology continually expands the range of what we can do, from manipulating atoms to modeling collective behavior, but the question of limits is not merely technical; it is profoundly political, ethical, and human. Limits do not appear by chance: they are set by institutions, norms, collective awareness, visible and invisible consequences, and also by the very nature of the systems we inhabit.


Sometimes the limit is external and coercive: laws, regulations, economic sanctions, and international agreements intended to contain shared risks. These barriers emerge from society’s recognition of potential harms such as biological weapons, mass surveillance, or technological inequality, and respond to the need to protect common goods such as public health, privacy, or democracy. But rules arrive too late if they are not anticipated; we often run behind innovations, trying to patch cracks that are already there. Institutional limits are necessary, but insufficient when market dynamics and the race for competitive advantage circumvent them.

“…rules arrive too late if they are not anticipated; we often run behind innovations, trying to patch cracks that already exist. Institutional limits are necessary, but insufficient when market dynamics and the race for competitive advantage elude them.”

Other times the limit is internal: professional ethics, scientific prudence, individual responsibility. Researchers who choose not to publish a dangerous finding, engineers who refuse to design systems to control entire populations, communities that deliberate and decide what research should be funded. These limits depend on an ecology of values: ethical education, institutional culture, public pressure. They are more fragile because they are not always formalized, and therefore they require social fabric: education, public dialogue, and journalism that informs with rigor.
There are also systemic and material limits: finite resources, entropy, runaway complexity. Not everything depends on willpower; there are physical barriers, energy constraints, critical materials, scaling geometries, and limits to understanding. Increasing technological capacity without grasping its side effects, economic, environmental, psychological, can produce setbacks: ecological degradation, social crises, loss of trust. In this sense, limits may arise from nature itself, reminding us that widening horizons comes with added responsibilities.
There is also a prophetic, collective limit: the moral imagination of each era. Asking what technology we want requires an exercise in shared futurity: deciding what goals we prioritize, what risks we accept, and what harmonies we seek.
Limits should not be mere brakes, but breakwaters that allow us to navigate without sinking: frameworks that orient innovation toward the common good, mechanisms that distribute benefits and costs, and practices that keep human dignity as our compass. If someone must set the limit, it is better that it be through open, democratic deliberation, not through secret decisions or logics of accumulation.
Ultimately, technology can expand what is possible to infinity, but the meaning of that power is defined at the margins where we place our limits. It is on that boundary, between what we can do and what we ought to do, where the notion of progress is shaped: measured not only by speed or capability, but by the wisdom to modulate power with foresight, prudence, care, and justice.

Bibliography

D’Andrea, Alberto L. El desarrollo tecnológico no tiene techo, ¿tiene límites? Magazine Radio Antorchas (05/12/25).

lunes, 1 de diciembre de 2025

Oráculo de Silicio, eco moderno de los dioses de Delfos.

Durante siglos, los mortales atravesaron montañas, cruzaron mares y desafiaron la incertidumbre del mundo antiguo para llegar a un solo sitio: el santuario de Delfos. Allí, entre columnas talladas y vapores misteriosos, Pitia (“Pitonisa”), sacerdotisa de Apolo, recibía los mensajes del dios y pronunciaba palabras que parecían nacer de un lugar más allá de lo humano. Delfos no era apenas un templo: era la encrucijada donde el destino hablaba.
Hoy, en un mundo sin templos sagrados y sin dioses visibles, hemos construido otra forma de oráculo. No tiene sacerdotisas, ni fuego sagrado, ni inscripciones en piedra. Tiene servidores, redes neuronales y núcleos de procesamiento. No arde con vapores divinos, sino con electricidad. Y sin embargo, en su centro vibra algo profundamente humano: nuestra necesidad de preguntar por el futuro. A este nuevo oráculo lo llamamos inteligencia artificial.
Vivimos en una época donde las preguntas ya no viajan hacia altares de mármol sino hacia pantallas luminosas. “¿Qué pasará con la economía?”, “¿Qué tratamiento conviene?”, “¿Cómo resolver este problema?”, “¿Qué debo decidir?”. Las consultas que antes se lanzaban al misterio hoy se entregan a modelos matemáticos que aprenden, predicen y sugieren. No responden desde lo sagrado, sino desde los datos. Pero su influencia crece como si hubieran heredado la voz profunda de los templos antiguos. 


La IA, como un Oráculo de Silicio, es el eco contemporáneo de Delfos.
No dicta destinos: los calcula. No profetiza: predice. No nos guía desde los cielos: lo hace desde patrones ocultos en miles de millones de ejemplos. Y sin embargo, la sensación humana es curiosamente similar. Frente a estas máquinas que hablan, muchas veces nos invade la misma mezcla de asombro y temblor que debieron sentir los peregrinos antiguos cuando la Pitia pronunció: “Conócete a ti mismo”. Porque la IA, sin pretenderlo, nos está devolviendo un espejo. Nos obliga a preguntarnos quiénes somos, qué decisiones queremos delegar y qué precio tiene entregar nuestros dilemas a sistemas que no sienten, no dudan y no se equivocan como nosotros… pero aun así pueden fallar sin que nos demos cuenta.
Aquí reside el verdadero dilema del Oráculo de Silicio: su poder no es divino, pero su impacto es monumental. Puede anticipar tormentas, acelerar diagnósticos, escribir textos, diseñar materiales, conducir autos y descifrar patrones que nuestros sentidos jamás captarían. Puede amplificar nuestras capacidades tanto como puede desnudar nuestras fragilidades.
El eco de los dioses de Delfos se escucha hoy en un tono diferente. No es el trueno de Zeus ni la lira de Apolo. Es un murmullo de bits, una vibración de algoritmos, un destello en las redes digitales.
Al acercarnos a este nuevo templo, en nuestro mundo hiperconectado, debemos recordar la inscripción a la entrada a Delfos. Aquella advertencia que sobrevivió más que cualquier profecía: “Nada en exceso”. La IA no es un dios a venerar ni un demonio a temer. Es una herramienta monumental, capaz de expandir los límites de lo humano, pero también de confundirnos si no comprendemos su naturaleza.
El desafío es aprender a dialogar con este oráculo sin olvidar que el destino sigue en nuestras manos. Que la última palabra debe seguir siendo humana. Que la tecnología no reemplaza nuestra responsabilidad, sino que la amplifica.
Quizás, después de todo, los dioses de Delfos no han desaparecido.
Quizás su verdadera herencia sea esta: enseñarnos, una vez más, a preguntarnos quién toma las decisiones por nosotros.
En este nuevo mundo, el Oráculo de Silicio no está en un templo.Está en cada consulta que hacemos, en cada sistema que usamos, en cada algoritmo al que confiamos un fragmento de nuestras vidas. Y aunque su voz sea distinta, todavía resuena en ella un eco antiguo: el eco del misterio, del futuro y del eterno deseo humano de comprender. Ese eco, más que los dioses mismos, es lo que nunca dejaremos atrás.

Bibliografía.

Walker, Joseph M. Historia de la Grecia Antigua. Edimat Libros. 1999. España.

D’Andrea Alberto L. (Coordinador). La convergencia de las tecnologías exponenciales y la singularidad tecnológica. Editorial Temas. 2017. Argentina.

D’Andrea Alberto L. IA* e IA, dos formas de inteligencia en diálogo . Espacios de Educación Superior. 2025. https://www.espaciosdeeducacionsuperior.es/28/05/2025/ia-e-ia-dos-formas-de-inteligencia-en-dialogo/

ChatGPT-4. Open AI. https://chatgpt.com/

Silicon oracle, modern echo of the gods of Delphi

For centuries, mortals crossed mountains, sailed seas, and defied the uncertainty of the ancient world to reach a single place: the sanctuary of Delphi. There, among carved columns and mysterious vapors, Pythia, the priestess of Apollo, received the god’s messages and uttered words that seemed to emerge from a realm beyond the human. Delphi was not merely a temple: it was the crossroads where destiny spoke.
Today, in a world without sacred temples and without visible gods, we have built another kind of oracle. It has no priestesses, no sacred fire, no inscriptions carved in stone. It has servers, neural networks, and processing cores. It doesn’t burn with divine vapors but with electricity. And yet, at its center pulses something profoundly human: our need to ask about the future. We call this new oracle artificial intelligence.


We live in an era in which questions no longer travel toward marble altars but toward glowing screens.
“What will happen to the economy?” “Which treatment is best?” “How do I solve this problem?” “What should I decide?” The inquiries once cast into mystery are now entrusted to mathematical models that learn, predict, and suggest. They do not answer from the sacred, but from data. And yet their influence grows as if they had inherited the deep voice of the ancient temples.
AI, like a Silicon Oracle, is the contemporary echo of Delphi.
It does not decree destinies, it calculates them. It does not prophesy, it predicts. It does not guide us from the heavens, but from hidden patterns in billions of examples. And yet, the human sensation is oddly similar. Faced with these machines that speak, we’re often overtaken by the same blend of awe and tremor the ancient pilgrims must have felt when Pythia pronounced: “Know thyself.” Because AI, without intending to, is handing us back a mirror. It forces us to ask who we are, which decisions we are willing to delegate, and what price we pay when we hand our dilemmas to systems that do not feel, doubt, or err as we do… and yet can still fail without us noticing.
Here lies the true dilemma of the Silicon Oracle: its power is not divine, but its impact is monumental. It can anticipate storms, accelerate diagnoses, write texts, design materials, drive cars, and decipher patterns our senses could never perceive. It can amplify our abilities just as easily as it can expose our vulnerabilities.
The echo of the gods of Delphi is heard today in a different tone. It is not the thunder of Zeus nor the lyre of Apollo. It is a murmur of bits, a vibration of algorithms, a flicker within digital networks.
As we approach this new temple in our hyperconnected world, we must remember the inscription at the entrance to Delphi, the warning that outlived every prophecy: “Nothing in excess.” AI is not a god to be worshiped nor a demon to be feared. It is a monumental tool, capable of expanding the limits of the human, yet also capable of misleading us if we fail to understand its nature.
The challenge is learning to converse with this oracle without forgetting that destiny remains in our hands. That the final word must remain human. That technology does not replace our responsibility, it magnifies it.
Perhaps, after all, the gods of Delphi have not disappeared.
Perhaps their true legacy is this: reminding us, once again, to ask who is making decisions on our behalf.
In this new world, the Silicon Oracle is not in a temple. It is in every query we make, every system we use, every algorithm to which we entrust a fragment of our lives. And although its voice is different, it still carries an ancient echo: the echo of mystery, of the future, and of the eternal human desire to understand. That echo, more than the gods themselves, is what we will never leave behind.


Bibliography

Walker, Joseph M. History of Ancient Greece. Edimat Libros. 1999. Spain.

D’Andrea, Alberto L. (Coordinador). La convergencia de las tecnologías exponenciales y la singularidad tecnológica. Editorial Temas. 2017. Argentina.

D’Andrea, Alberto L. AI* y AI, dos formas de inteligencia en diálogo. Espacios de Educación Superior. 2025. https://www.espaciosdeeducacionsuperior.es/28/05/2025/ia-e-ia-dos-formas-de-inteligencia-en-dialogo/
 

jueves, 27 de noviembre de 2025

Control of the state-free market or humans-machines?

Throughout the twentieth century, much of the public, political, and economic conversation was structured around a dilemma that seemed to define the destiny of nations: should State control or the free market prevail as the driving force of development? This tension was not abstract; it manifested in economic models, ideological conflicts, and geopolitical disputes that shaped the lives of millions. The welfare state, planned economies, industrial capitalism, and the later neoliberal wave all offered different answers to the same question: who should steer the economy, and how should power be distributed? 
Major crises, such as the 1929 crash or the 1970s oil shock, repeatedly reinforced the need to take a position along that axis: more regulation or more market freedom. Ultimately, the twentieth century was built upon that dichotomy—more state or more market, more control or more economic freedom.


But as we entered the twenty-first century, that debate began to shrink in the face of a transformation of unprecedented scale. Digital technologies, artificial intelligence, automation, and the convergence of the biological, the informational, and the nanotechnological shifted the axis of conflict to a different territory.
The new dilemma is no longer merely economic or ideological—it is ontological. The contemporary question is far deeper: will the human being remain at the center of decision-making, or will machines and algorithmic systems determine the essential directions?
What is at stake is autonomy, creativity, privacy, ethics, authority, and human identity itself. Each technological advance reshapes the social space and forces us to rethink everything from work to education, from the economy to democracy itself. The tension is no longer “who manages the economy,” but rather “who manages the future”: human beings, or the machines they created. 
This shift—from the state–market dilemma to the human–machine dilemma—reveals how each era formulates questions that reflect the forces shaping it. The twentieth century was the age of economic models and industrial infrastructure; the twenty-first is the age of data, code, automation, and intelligence distributed across global networks. Where once the debate was about market regulation, today it is about the regulation of non-human intelligences. 
And yet, some countries remain trapped in the dilemmas of the past. Societies still repeat inherited debates, clinging to discussions that no longer explain the world we inhabit. While the planet faces the rise of artificial intelligences that are transforming work, politics, and culture, some nations continue arguing about whether the State should intervene more or less, as though time had stopped in 1970. This insistence on looking through the rearview mirror generates a dangerous disconnect: the twentieth century is still being debated while the twenty-first moves forward without waiting for anyone.
The paradox is clear: those who remain anchored in the dilemmas of the past may find themselves excluded from the decisions of the future. Because the world has already changed, and the true challenge of our time is not choosing between state or free market, but between humanizing technology or becoming subordinated to it. That is the frontier that will separate the societies that look ahead from those that, without realizing it, continue living in a time that no longer exists.

miércoles, 26 de noviembre de 2025

¿Control del estado-libre mercado o humanos-máquinas?

A lo largo del siglo XX, buena parte de la conversación pública, política y económica se estructuró alrededor de un dilema que parecía definir el destino de las naciones: ¿debía prevalecer el control del Estado o el libre mercado como eje del desarrollo? Esta tensión no fue abstracta; se expresó en modelos económicos, en conflictos ideológicos y en disputas geopolíticas que marcaron la vida de millones de personas. El Estado de bienestar, las economías planificadas, el capitalismo industrial y la posterior ola neoliberal ofrecieron distintas respuestas a una misma pregunta: ¿quién debía conducir la economía y cómo se distribuía el poder?
Las grandes crisis, como la de 1929 o la del petróleo en los años setenta, reforzaban una y otra vez la necesidad de elegir una posición dentro de ese eje: más regulación o más libertad de mercado. El siglo XX, en definitiva, se edificó sobre esa dicotomía: más estado o más mercado, más control o más libertad económica.


Pero al ingresar en el siglo XXI, ese debate empezó a quedar pequeño frente a una transformación de escala inédita. Las tecnologías digitales, la inteligencia artificial, la automatización y la convergencia entre lo biológico, lo informático y lo nanotecnológico desplazaron el eje del conflicto hacia otro territorio.
El nuevo dilema ya no es solo económico ni ideológico: es ontológico. La pregunta contemporánea es mucho más profunda: ¿seguirá el ser humano en el centro de las decisiones o serán las máquinas y sistemas algorítmicos quienes definan los rumbos esenciales?
Lo que está en juego es la autonomía, la creatividad, la privacidad, la ética, la autoridad y la propia identidad humana. Cada avance tecnológico reconfigura el espacio social y obliga a repensar desde el trabajo hasta la educación, desde la economía hasta la democracia misma. La tensión dejó de ser “quién administra la economía” para convertirse en “quién administra el futuro”: las personas o las máquinas que ellas mismas crearon.
Este tránsito, del dilema estado–mercado al dilema humanos–máquinas, expone cómo cada época formula preguntas acordes a las fuerzas que la atraviesan. El siglo XX fue la era de los modelos económicos y de la infraestructura industrial; el XXI es la era del dato, del código, de la automatización y de la inteligencia distribuida en redes globales. Allí donde antes se discutía la regulación de los mercados, hoy se discute la regulación de inteligencias no humanas.
Y, sin embargo, hay países que todavía siguen atrapados en el dilema del siglo pasado. Sociedades que continúan repitiendo discusiones heredadas, aferradas a debates que ya no explican el mundo que habitamos. Mientras el planeta enfrenta la irrupción de inteligencias artificiales que transforman el trabajo, la política y la cultura, algunas naciones siguen disputando si el Estado debe intervenir más o menos, como si el tiempo se hubiera detenido en 1970. Esa insistencia en mirar por el espejo retrovisor genera una peligrosa desconexión: se discute el siglo XX mientras el siglo XXI avanza sin esperar a nadie.
La paradoja es clara: quienes sigan anclados en los dilemas del pasado pueden quedar fuera de las decisiones del futuro. Porque el mundo ya cambió, y el verdadero desafío de nuestro tiempo no es elegir entre estado o libre mercado, sino entre humanizar la tecnología o quedar subordinados a ella. Esa será la frontera que defina a las sociedades que miran hacia adelante de aquellas que, sin advertirlo, siguen viviendo en un tiempo que ya no existe.

Bibliografía.

Alberto L. D'Andrea. Hombres y/o robots (Capítulo 8). La convergencia de las tecnologías exponenciales & la singularidad tecnológica. Editorial Temas. 2017. Argentina.

Giuliano da Empoli. La hora de los depredadores. Editorial Seix Barral. 2025. España.

Alberto L. D'Andrea. Siglo XX ¿Control del estado o libre mercado? Siglo XXI ¿Humanos o máquinas? Radio Antorchas. 2025. https://radioantorchas.com.ar/2025/11/26/siglo-xx-control-del-estado-o-libre-mercado-siglo-xxi-humanos-o-maquinas/

lunes, 17 de noviembre de 2025

Del laboratorio virtual al robotizado con pedagogía de la IA

El avance de las tecnologías digitales ha transformado progresivamente los entornos de enseñanza de las ciencias experimentales. En este contexto, la articulación entre laboratorios virtuales, laboratorios robotizados y sistemas de inteligencia artificial (IA) constituye una nueva vía pedagógica que redefine la forma en que los estudiantes adquieren competencias científicas, desarrollan habilidades procedimentales y comprenden los fundamentos de la investigación empírica.
Los laboratorios virtuales se consolidaron en los últimos años como herramientas efectivas para la enseñanza y la formación inicial. Operan mediante simulaciones interactivas que reproducen con precisión procesos físicos, químicos o biológicos, permitiendo a los estudiantes explorar variables, repetir ensayos y analizar resultados en un contexto seguro y de bajo costo. Este enfoque favorece la comprensión conceptual y reduce la barrera de acceso a experiencias que, por su complejidad o costo de equipamiento, podrían resultar inaccesibles en un entorno presencial tradicional.
Sin embargo, la formación científica requiere también el contacto con la materialidad de los procedimientos experimentales. En este sentido, la integración con laboratorios robotizados ofrece un paso intermedio entre la simulación y la práctica directa. A través de sistemas mecatrónicos capaces de manipular instrumentos, dispensar reactivos o controlar parámetros ambientales, los estudiantes pueden ejecutar prácticas reales de forma remota. Este tipo de infraestructura amplía las oportunidades de aprendizaje, optimiza el uso del equipamiento costoso y permite una estandarización precisa de las condiciones experimentales.
El vínculo entre ambos entornos, virtual y robotizado, se potencia mediante la incorporación de IA en diferentes etapas del proceso didáctico. Los algoritmos de aprendizaje automático pueden analizar el desempeño de los estudiantes en las simulaciones, identificar patrones de error, sugerir rutas personalizadas de aprendizaje y anticipar dificultades en los procedimientos experimentales. En el laboratorio robotizado, la IA actúa como asistente cognitivo, monitoreando variables críticas, ajustando secuencias de trabajo y proporcionando retroalimentación en tiempo real. De este modo, la IA no sustituye al estudiante, sino que amplifica su capacidad para tomar decisiones basadas en evidencias.
Esta convergencia tecnológica también tiene implicancias institucionales. Permite ampliar la matrícula en asignaturas experimentales sin comprometer la seguridad ni la calidad de las prácticas, democratiza el acceso a equipamiento sofisticado y favorece entornos de aprendizaje inclusivos, especialmente para instituciones con limitaciones presupuestarias. Asimismo, promueve una cultura educativa orientada al ensayo, el error y la replicabilidad, principios fundamentales de la metodología científica.
Finalmente, el tránsito desde el laboratorio virtual hacia el laboratorio robotizado, mediado por sistemas de IA, constituye en esta etapa inicial un ecosistema híbrido en el que la experiencia presencial tradicional no se elimina, sino que se complementa y expande. Esta arquitectura educativa prepara a los estudiantes para los desafíos científicos y tecnológicos de un futuro cercano, en el cual la planificación, simulación y optimización de los experimentos se diseñará en entornos virtuales basados en IA, mientras que su ejecución se realizará de manera automática con precisión, reproducibilidad y estandarización en laboratorios robotizados.

Lecturas complementarias:

-Teachers’ perspective on the use of artificial intelligence on remote experimentation (2025). 
https://www.frontiersin.org/journals/education/articles/10.3389/feduc.2025.1518896/full

-Students' interactions with an artificial intelligence assistant in a remote chemistry laboratory (2025) https://www.frontiersin.org/journals/education/articles/10.3389/feduc.2025.1712743/full

domingo, 26 de octubre de 2025

Apagón digital. ¿Si Internet se detuviera una semana?

Imaginemos, por un momento, un silencio digital. No es el fin del mundo, pero se le parece. No hay WhatsApp, no hay Google, no hay streaming ni transferencias bancarias. Las pantallas siguen encendidas, pero no hay nada al otro lado. Internet, esa red invisible que sostiene casi todo lo que hacemos, se ha detenido.

¿Cómo reaccionaríamos si, de repente, nos quedáramos sin conexión global durante una semana?

La vida cotidiana está tejida con hilos de datos. Internet no es solo un espacio de comunicación: es el sistema nervioso de nuestra civilización. Coordina vuelos, hospitales, alimentos, bancos, fábricas, escuelas, señales de tránsito y hasta la electricidad que llega a nuestras casas. Por eso, si esa red se apaga, no hablamos de un simple “inconveniente técnico”, sino de un colapso de sincronización global.

Primer día: el silencio digital sorprende. La gente reinicia routers, mira el celular incrédula. Se piensa en una falla temporal. Pero a medida que pasan las horas, la ansiedad se multiplica. Las empresas no pueden comunicarse con sus proveedores, los bancos no acceden a sus bases de datos y las transacciones electrónicas quedan suspendidas.

Segundo día: los medios tradicionales, radio y televisión, recuperan protagonismo. Vuelven las colas en los cajeros, la comunicación boca a boca, el teléfono fijo. Los satélites siguen orbitando, pero no hay enlace con los servidores centrales. Los hospitales recurren a métodos analógicos para registrar pacientes. En muchos lugares, los sistemas de transporte automatizados se detienen.
Tercer día: las grandes ciudades comienzan a mostrar su dependencia absoluta del flujo de información. La logística de alimentos y combustible se ralentiza. Los sistemas de pago electrónico se paralizan. El dinero en efectivo vuelve a ser un tesoro, y las redes sociales, esas que tanto ruido generan, dejan un vacío extraño. Se siente el silencio de la opinión inmediata.

Cuarto y quinto día: empieza la adaptación. Algunos descubren que pueden hablar cara a cara. Otros aprovechan el tiempo sin notificaciones para leer, escribir o dormir mejor. Pero también surgen tensiones. Gobiernos y empresas tratan de mantener el orden mientras se buscan causas: ¿fue un ciberataque masivo? ¿un fallo técnico global? ¿una desconexión deliberada?

Sexto y séptimo día: aparece la nostalgia digital. Se valora lo que antes parecía trivial: un mensaje de voz, una videollamada, una búsqueda en segundos. La humanidad redescubre su vulnerabilidad tecnológica.

Lo interesante es que no hace falta que ocurra un apagón real para comprender que nuestra dependencia de Internet es tan profunda que hemos delegado buena parte de nuestra memoria, nuestras relaciones y nuestra autonomía a la nube. El apagón digital, hipotético o no, nos invita a pensar en lo que somos sin la red. ¿Cuánto de nuestra identidad se sostiene offline? ¿Cuánto control tenemos realmente sobre la información que nos rodea?

Albert Camus, en La peste (1947), cuenta cómo, ante la posibilidad inminente de morir en cuarentena por la epidemia, todos en el pueblo comenzaron a hacer lo que siempre habían querido y no se animaban. "Pobres -decía-, no se dan cuenta de que era antes, y no ahora, cuando estaban apestados". 
Era antes del apagón digital, y no ahora, cuando estábamos verdaderamente desconectados de lo humano, aunque creyéramos estar más comunicados que nunca.